domingo, 26 de febrero de 2023

El viaje de Cohen




Por fin me atrapó el Covid luego de sortearlo de las formas más inverosímiles. Me vino en un momento, además, crítico, en el que se esboza una nueva ruta en mi vida. Lo veo más bien como una iniciación a una siguiente etapa. Como que un cascarón se quebrara; un parto requiere, claramente, un dolor que no hemos experimentado antes. Heme aquí: pariendo, siendo parido. La enfermedad cataliza otros vientos internos. Algo necesita morir. 

 

Como parte de las actividades para pasar el tiempo, me topé en Netflix con el documental “Hallelujah: Leonard Cohen, a Journey, a Song (2022)”, sobre la vida de Leonard Cohen, quien siempre me había atraído especialmente y sin muchas explicaciones.

 

Al verlo, se me quitó el sabor ácido de las vitaminas C y de los tés para la tos. Leonard Cohen es pues, quienes lo conocen, un místico musical, quien nació más que para cantar y escribir, para conectar con el misterio indescifrable que se entiende según cada concepción, en Dios o la Iluminación o el más allá. No sabemos a qué venimos a este mundo y ese pormenor estalla toda la ansiedad posible, las opresiones planetarias y la ambición justificando la existencia de los tronos y las banderas. 

 

Cohen tuvo la maestría de gastar el tiempo en las cosas que importan y tuvo, al parecer, resuelta su economía, canadiense de Montreal, y experimentó la fama y el rechazo de la productora Columbia cuando el presidente desdeñó el disco que contenía la versión original de Hallelujah en 1984. Pero confió en su destino místico y vivió más de cinco años el monasterio zen Mount Baldy, en California, donde recibió una limpieza de los velos mentales, como dicen los hermanos budistas. 

 

Admiro la capacidad de sacralizar la pasión y enlazar lo común con lo divino y de invertir el esfuerzo en esa atención a sí mismo para poder dejar de pensar en lo que vendrá después y concentrarse en el segundo actual, parafraseando lo que él diría en una entrevista. Su nombre en el monasterio fue “Jikan” (el silencioso), un mote aparentemente contradictorio, ya que su afán era cantar, pero en realidad evocaba una verdad de dos lados, como toda verdad que se respeta, en donde la música y el silencio eran uno, un canto meditativo desde la plegaria que ascendía y caía de vuelta. 

 

Tras bajar del monasterio, en una de esas, su agente le robó todo. A los 70 años, eso le motivó obligándolo a trabajar de nuevo. Se diría que el destino le ayudó a volver a producir pesar de perder su plata. Entonces desató de nuevo, después de más de diez años, giras mundiales en donde ya había integrado otros saberes y sin tantos velos afinó la luz de la conexión y brilló hasta el final; murió en 2016. Hallelujah tuvo mil versiones y obtuvo una vida aparte de Cohen, pero éste le impregnó un tono de religiosidad laica que se escucha como un rezo pop que sin duda prende los violines del espíritu. 

 

Cada viaje es también un espejo de otros viajes y Cohen entonces me habla con su película -la película que hicieron de él- sobre la posibilidad de paz y de recostarse en la realidad plena y a pesar de los desasosiegos invocar la luz que nos rompe en pequeñas partículas. Cohen me toma de la mano hacia la primavera que se muestra. 

 

 

domingo, 12 de febrero de 2023

Días de aviones

 

Recién me duché en el aeropuerto de Nueva York; me siento oficialmente Tom Hanks. Llevo más de un día viajando desde que salí de Sudáfrica. Me espera la ciudad de México, lugar al que voy a tramitar la visa de estudiante para volver a Washington DC. Hace un mes arranqué una maestría en derecho. Con lo que me costó sacar mi carrera en Guatemala, con lo que peleé con los profesores y con lo que juré incluso en un poema jamás volver a estudiar más derecho. Las veces que me salí de la universidad, que discutí con mi padre, que insulté la ley. Debo decir que en las clases que llevo ahora sí que se explora el derecho en el sentido más profundo, contrario a lo que lo viví en Guatemala, donde, con el perdón de unos cuantos catedráticos, no te justifican las normas más que con la frase “porque la ley así lo dice” que es en realidad un escupitajo al estudiante que quiere desentrañar los principios fundacionales de las civilizaciones y no solamente aprenderse las leyes que son parte de un esquema político -y económico- que sustenta un Estado -todos los Estados- para mantener cierto poder. 

 

Es fácil decirlo y uno claro que lo intuye pero en mi querido país es tan difícil que se enseñe así de claro, quizá porque mostrar la realidad tan sinceramente puede generar cambios volubles no deseados por los dueños de las educaciones y los gobernantes. Últimamente me pasa que se me vienen una serie de explicaciones minuciosas -quizá innecesarias y por eso ya no las digo-, por ejemplo de cómo se fraguaron los sistemas políticos -instituciones, tratados internacionales, modelo económico y financiero- post Segunda Guerra Mundial y a partir de ahí se marcó lo que entendemos cómo realidad. Muy básica la onda: quien ganó la guerra le puso su huella a la forma en que los territorios y las poblaciones se relacionan. ¿Pero qué otra forma de hacerse había?, cuestionaría cualquiera. Y más que reñir en este texto, solo pienso, reflexiono, desde el aeropuerto de Newark. 

 

Tenía días -meses- de querer escribir sin mayor objetivo. Estar haciendo reportes en oficinas puede enseñarte muchas cosas -precisamente de cómo se mueve este mundillo- pero ciertamente te coarta hacia una pose estirada. Y bueno, yo sí que tengo un aire político, por decirlo, pero ante todo, y disculpen esta otra pretensión, ante todo soy un poeta. Me da risa cuando abogados quieren demeritar una resolución de un tribual o cualquier otra cosa diciendo “eso es pura poesía”, intentando dar a entender que carece de sustento. ¡Qué tiene más raíz y más certeza que la misma poesía! Pero así es este mundo, permanentemente nos frustraríamos si nos enojara cada inconsistencia que se nota en los demás y en uno mismo; no negaré que el ser más contradictorio radica acá en este pecho. ¡Tiren la piedra, pues, hermanos y hermanas del pecado! 

 

Platicaba con alguien del tema de vivir fuera del país propio y lo comparaba con ser un huérfano, apuntaba a la inteligencia que nace por esa condición donde no hay más que la necesidad empujando, entre las piedras, a las plantas hacia el sol. Al obligarse a ese esfuerzo se logrará que la planta sea más robusta que las demás. Ver la situación así, denota una capacidad de sustraer de lo opaco algo brillante, diciéndolo en términos bastante jungianos. Es lo que hacemos en espacios espirituales: enfocar la energía, no negar la oscuridad sino adentrarse en ella. Me lo decía porque yo le contaba del periplo que me cargo desde Sudáfrica, de ciudad en ciudad. Me decía que vivir fuera me fortalecería, los viajes así de locos mostraban un poco ese desarraigo. Y eso que en la ida a Sudáfrica me fue bastante peor: el vuelo se canceló y tuve que pasar un día en Frankfurt, lo que me llevó a conocer nada-más-con-un-ojo-abierto la casa de Goethe pues el jet lag me terminó haciendo trizas a medio paseo. 


En el viaje pasaron un par de cosas importantes y una de ellas fue la liberación de 222 presos políticos nicaragüenses que ahora serán mis vecinos en DC. Con otro amigo comentamos la fuerza del Obispo Rolando Álvarez, quien decidió no subirse al avión y Daniel Ortega por medio de un juez lo condenó por esa ofensa a 26 años de cárcel. Condena que recibió con todo el peso de un mártir cristiano, en el sentido más profundo y existencial, para colocarse -me decía este amigo- al lado de Monseñor Romero y Juan Gerardi y otros curas que ofrendaron su vida en aras del expandir de la conciencia; sus actos son pasos superiores que develan al poder más pestilente y subliman la transparencia del espíritu anteponiéndose al cuerpo desechable. La renuncia del individuo para fundirse con la totalidad. Lo imagino a Monseñor Álvarez -a quien el Papa Francisco recién le dedicó un tuit- resistiéndose a subir al avión y volver a la Nicaragua-prisión para enfrentarse a su destino abrasivo pero fecundo. De otra forma el Papa quizá no habría notado -o al menos no con tanta efusión- la situación de Nicaragua. Un sacrificio cristiano pleno desde la más sincera hermenéutica del corazón. 

 

Son gestos que pican con triste ilusión el alma, entre tanta desesperanza colectiva en el que los ultranacionalismos crecen como maleza con espinas frente una propuesta más humana que no termina de permear; uno no sabe cuál será el auténtico rumbo del nuevo paradigma esperado. Entiendo que se está edificando este postulado -hay visos que enfocan al mundo sostenible- pero antes de llegar habrá mucha sangre y no sé si más guerras de las que siempre ha habido pero sí una convulsión caótica en lo que se encauza una apuesta. En mi país, Guatemala, ya lo saben, las elecciones que vienen no resolverán nada; al contrario, se profundizará la represión sobre todo si gana Zury Ríos, hija del dictador Ríos Montt. Es ingenuo pensar que ella no viene con las manos deseosas de vengar el juicio de su padre, conducido principalmente por las víctimas del genocidio, organizaciones de derechos humanos, respaldado por la prensa y la comunidad internacional. Ella y sus aliados pensarán que no se valía juzgar a quien derrotó el comunismo y que hay que equilibrar poniendo en la picota a quienes se atrevieron en tocar a los militares con las manos sucias. 

 

Pero no quería adentrarme mucho en el proceso electoral, ese zafarrancho que observo por medio de un telescopio. Quisiera impugnar candidaturas, hacer y deshacer, como hace cuatro años cuando intentamos de todo y conseguimos poco o casi nada. Diría que ahora busco este paradigma pero es mentira, solo busco contar un poco lo vivido en los últimos días. Aseguro que esto me calma y me entretiene y sé que a algunas personas les interesa leer estas historias.

 

 

 

viernes, 10 de febrero de 2023

Más de doscientas aves libres



Volaron con las marcas de los grilletes

En las manos cansadas de abrazar barrotes

Miles de escupidas llevan en los bolsillos

Endilgadas por los jueces sin firma 

Nicaragua Nicaragüita 

Observa una parvada de 200 aves

Volar huyendo de la celda aguda 

Se desbordan alegres los viejos lagos 

El suelo extrañará a sus hijos 

Que se irán por un tiempo oculto   

Caerán las flores del cielo 

Cuando se derritan los centinelas

Que amarran los cuellos de los hermanos

Buscando detener la historia

Para que el país sea siempre una canica 

Dentro del llavero 

De un par de hambrientos 

Como todas las hienas

Que han querido morirse 

Con la corona puesta 

domingo, 27 de noviembre de 2022

White Lotus (el hotel más blanco)



 

White: blanco, pulcritud, la unión de todos los colores, la luz. Pigmentocráticamente, el blanco se entiende como el color de los colonizadores, de los que están arriba en el mapamundi, de quienes propagan la cultura, los dioses buenos, la civilización que enfrenta a los desconocidos, malosos, salvajes y dementes que en su alma quieren acabar con la especie triunfadora. Estos locos no son blancos, para nada, y no entienden nada.

 

White Lotus es el nombre de una serie (HBO, 2021-2022) que lleva el nombre del hotel, por decirlo, más sofisticado del mundo. Han salido dos temporadas (la segunda aún no ha terminado) y cada una transcurre de manera separada, en lugares distintos pero ambas cuentan con elementos comunes. La primera es en Hawái y la segunda en Sicilia. Paisajes espléndidos, en medio de islas, mares, alegría. Quienes logran pagar el White Lotus son pocos y casi todos blancos, élite mundial. Millonetas de verdad, en el sentido más exclusivo posible; digo, no sé si los oligarcas chapines lograrían llegar al White Lotus.

 

Y bueno, pasa de todo, como en cualquier hotel de estas categorías: excentricidades, odios, peleas, amores repentinos. Desde un tono de humor sutil y con elegante acidez, se narran pequeñas historias que se vinculan en una cotidianidad magnánima de ricos que padecen de los mismos problemas que todos: falta de validación, vacío existencial, romances frustrados, pero por sus formas aristocráticas, las consecuencias de sus ansiedades son más extravagantes que las de la gente ordinaria. 

 

Más allá del entretenimiento de la vida de los adinerados, el asunto que bordea la serie White Lotus es la segregación insondable entre estos ricos, los clientes del hotel, y los trabajadores nativos y del resto de sus paisanos: la impunidad burguesa sobre el laborioso vivir del colonizado. El turismo extractivo y displicente abogando por una satisfacción instantánea a costa de lo que sea. Un orden planetario construido así y en la serie vemos estas estampas que no nos explican nada, no nos dan moralinas, solo nos muestran esta realidad, como en una buena historia: exagerándola para que quede clara. 

 

El humor se agradece y no se da tan fácil. Ya dijera Monterroso que algunos no lo tomaban en serio cuando leían sus cuentos satíricos y sus fábulas. Erasmo de Rotterdam elogió la estulticia hasta que dolió. ¿Qué más dramático que el humor más puro?

 

 

 

 

 

 

jueves, 24 de noviembre de 2022

Las gotas mentirosas





A veces me da por escribir mis cosas tras una interminable jornada traqueteando teclas para cumplir las obligaciones. Es agradable aprender a escribir diferentes formatos y ensayar esto y lo otro, pero no negaré que cansa. Me siento al final de la tarde como el chef que cocinó durante el día y que luego se prepara a sí mismo una comida simple pero sabrosa: quizá unos huevos revueltos con champiñones. Al releerme veo mis errores; también los aciertos. El ritmo es una cuestión no menor al momento de redactar, de juntar palabras, y noto las formas en las uno varía para evitar repeticiones. 

El otro día reflexioné -dentro de este planeta de conceptos- que el objetivo de la escritura es eminentemente de ordenar. Porque, siguiendo el cuento de La Biblioteca de Babel del viejo Borges (donde plantea que no hay nada pendiente de escribirse y es cuestión nada más de matemática, de tiempo y de conjugaciones para conseguir todas las posibles relaciones fonéticas que yacen ya en una Biblioteca codiciada) pensé que el universo está ahí como las nubes y nosotros nos encargamos de ayudar a transformarlo en conceptos como gotas frescas. Que caen sobre los carros, las ventanas, mojan la tierra y otras causan accidentes de autos e inundaciones. 

Entonces, ordenando me la paso, como bibliotecario o jardinero o como el chef que pica y que ya no se corta los dedos porque los tiene ya curtidos. Tiende uno a romantizar la escritura y se convierte ésta, luego de años, en una fantasía a la que le invertimos la vida creyendo que nos va a “sacar” de este samsara rotundo. Samsara, palabra en sánscrito, supone un ciclo de repeticiones de la existencia que es por sí misma sufrimiento con causas dañinas e inconscientes. Es esa rueda de la cual no se sale. Se repiten los mismos errores y las falencias: conseguir esto y aquello y después más y más dinero y aviones y lanzar bombas sobre países y comprar una red social para creerse el más poderoso del mundo. O irse con todo tras el prestigio y premios y consumir gente y codearse con influyentes. 

Tras el viaje hacia uno, que es algo a lo que no se le da mayor importancia, el samsara tiende a cansar. Como que los ojos cuando se voltearan causaran el brinco de un acertijo. Uno percibe que todos conocen nuestro rostro de manera directa menos uno; no nos podemos observar sino a través de un espejo que puede contener cierto grado de distorsión. Lo que implica que necesitamos a los demás para vernos física e internamente. Una sanación del individuo en un mundo que requiere de esas acciones dentro de una gran sanación común y colectiva. 

Es esto muy complejo pero a la vez no: al contrario, como que el trabajo está en desaprender las ilusiones malsanas, esas fantasías, como la fantasía de que la escritura nos va a sacar de este sufrimiento intrínseco de la vida. Pues pasa también que las palabras -las gotas- son como cárceles de esa gran lluvia que es la realidad. Creemos que estamos en verdad construyendo las gotas, delimitándolas con adjetivos procaces; nos creemos esa gran mentira, que somos dioses capaces de fabricar gotas, que el poeta es un pequeño Dios, como han dicho algunos. 

Pero nos asfixiamos con esas mismas gotas mentirosas hasta un suicidio colectivo en un mar o con analgésicos o qué sé yo, ahogados en una tina y eso encima lo consideramos algo poético o sagrado y farras y eso de creernos malditos poetas nos abrigó, pasamos por ahí, y es una identidad que nos dio un sentido en este absurdo pero no fue más que una campaña artificial para creernos un poquito más que el vecino que se dedica a cortar la grama. No nos funcionó para salir de este cascarón agudo reproductor de agonías. 

Podría, un día, sin pretensiones, dejar que la lluvia amplia (y no las pequeñas gotas) me mojara solo así, como cae sobre el pasto que feliz la recibe sin mayores exigencias. 

 

lunes, 21 de noviembre de 2022

Pensar en venados






Explorando los campos del monasterio Blue Clifff, a dos horas de la ciudad de Nueva York, me asombró lo que identifiqué de lejos como una familia de venados. En mi tierra, ver un venado es un acto casi mitológico. Yo caminaba para abajo, con gorro y las manos encajadas en las bolsas de la sudadera. Estábamos en noviembre. Desde hacía unas semanas, el viento impiadoso venía arrancando las últimas hojas de los árboles. Encontré en el camino de piedra a un monje, con la túnica marrón sobre una camisa de manga larga. “Lindos los venados”, le dije sonriendo, sintiéndome un zen explorador. “Da un paso y respira para adentro, da otro paso y sacas el aire, siente la tierra en los pies cuando des los pasos”, me respondió el monje. “Inténtalo, ve a caminar por ahí”, añadió señalando un sendero entre los árboles esqueléticos.  

sábado, 19 de noviembre de 2022

Four Good Days





 

 

Como que la Mila Kunis de la serie That 70´s Show que fumaba marihuana todo el día en un sótano hubiera ido avanzando en su consumo hasta llegar a la película Four Good Days (2020), en la que está convertida ya en una mujer de más de treinta años que no puede soltar la heroína. 

 

El transcurrir del tiempo sin notarlo es una característica de la adicción, que pasa, como ola voraz, por encima de todo: familia, sueños, virtudes y de la misma voluntad de quien consume. Un día parpadear y sentir el alma curtida degradándose tras el próximo pase de cocaína. Este filme ocupa la historia arquetípica de la adicción, que implica la dificultad de salir de ella dibujándose un ciclo infernal: una resaca física o emocional empuja a la siguiente dosis y esa dosis estimula la conmiseración que a su vez provoca el consumo compulsivo del cual es casi imposible escapar.

 

“La inextinguible capacidad de provocar dolor”, dice Roberto Bolaño en el poema La Francesa. Dibuja así una imagen aplicable a una persona adicta. Puede salir con cualquier excusa, por inverosímil o exagerada que sea, con tal de proteger a su droga. Claramente, los más queridos y cercanos se llevan la parte más sucia. Y no es raro que se cree una simbiosis con algún familiar generándose un baile en donde el familiar se convierte en facilitador solucionándole los problemas al adicto con tal de hacerle un bien, pero resulta que estas acciones lo hunden aún más. Al mismo tiempo, este acompañante puede convertirse en el ángel que le queda a la persona adicta: su única posible salvación. Quién mejor que Glen Close, madre de Mila, para mostrarnos ese rol contradictorio: desde la culpa, la incertidumbre, el resentimiento y el amor, hace o deja de hacer cosas por ayudar a su hija. 

 

Estos y otros temas se tocan en Four Good Days, una película que saca lágrimas si la vemos compasivamente. Las drogas llevan a quien se engancha con ellas a lugares externos demoníacos como casas abandonadas atiborradas de gente pinchándose, pero sobre todo a espacios internos demasiado constreñidos y engarrotados que, en algún punto, no se pueden ya desenredar.  

 

Siempre está, como dice el Evangelio, la posibilidad de la Buena Nueva. El Milagro podrá darse solamente tras cuatro días buenos (o los necesarios) de buena voluntad. A veces resulta una condición excepcional que alguien acuda a un grupo de Doce Pasos y se dé el chance de permanecer limpio y, tras un tormento de décadas, de repente un día cumple dos, tres, cinco, nueve años sin ingerir substancias y vea de nuevo la vida con los ojos trasparentes y más conscientes, y que esa conciencia sea tal que logre irrigar al resto. 

We Will Miss (and Honor) You, Professor Hunter

    On the first day of class, Professor Hunter asked, “Why did you sign up for this international environmental law class?” I, somewhere be...